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Poner pantallas a bebes y niños… ¿sí o no?

Poner pantallas a bebes y niños... ¿sí o no

Quizás, como quien dice, me voy a meter en un jardín… pero me parece necesario hablar sobre esto. He de decir que soy psicóloga y que tengo algo de conocimiento sobre el tema 😉

En los últimos años, parece que se ha desatado una auténtica cruzada contra las pantallas. Si entras en cualquier grupo de padres o lees artículos sobre crianza, verás frases como “ni un minuto antes de los dos años” o “las pantallas son el enemigo”.
Y sí, hay razones de peso detrás de estas advertencias. Pero también hay realidad, y por ello, hay madres y padres que necesitan cinco minutos de paz.

¿Por qué se desaconsejan las pantallas en bebés?

La OMS (Organización Mundial de la Salud) o la Asociación Americana de Pediatría, recomiendan evitar completamente las pantallas antes de los 2 años. Y el motivo no es que “sean el demonio”, sino que en esa etapa el cerebro del bebé necesita experiencias reales: tocar, oler, moverse, mirar caras humanas, no pantallas planas.

Durante los primeros años, los niños aprenden gracias al movimiento, la interacción y el juego. Una tablet o la tele no pueden ofrecer eso. De hecho, un exceso de tiempo frente a pantallas se ha relacionado con:

  • Menor desarrollo del lenguaje.

  • Problemas de atención.

  • Alteraciones del sueño.

  • Irritabilidad o dependencia del estímulo visual.

Pero… ¿una pantalla puntual antes de los dos años es un drama?

No, tampoco es una tragedia. Este es el punto. Lo que marca la diferencia es lo que hacemos la gran parte del tiempo con nuestros niños. No 5 minutos al día. Yo siempre digo que he tenido que ponerle la pantalla mientras lo tenía en el WC mientras yo me duchaba (con la mampara abierta para verlo claro). Era la única manera de poder ducharme con ciuerta tranquilidad. 

Por lo que……. hay que poner las cosas en contexto: una exposición puntual, breve y sin contenido agresivo no va a dañar el cerebro de tu bebé.
Lo que se intenta evitar con las recomendaciones oficiales es el uso constante o prolongado, no esos momentos de emergencia en los que simplemente necesitas cinco minutos para poder ducharte o preparar la comida.

Así que si alguna vez pones unos dibujos o enseñas un vídeo familiar al peque mientras haces algo, no te sientas mal. La crianza real tiene matices, y también necesidades. Lo importante es que esas pantallas no sustituyan el juego, la exploración ni la interacción con el entorno.

El equilibrio: cuándo y cómo sí se pueden usar las pantallas

A partir de los 2 años, el uso de pantallas puede empezar a ser más educativo si se hace de manera acompañada y moderada. Aquí algunas pautas prácticas:

  1. Controla el tiempo. Lo ideal es que no supere los 30-60 minutos al día, siempre que haya también tiempo para juego libre, movimiento y descanso.

  2. Acompaña al niño. Si ves los dibujos con él, puedes hablar sobre lo que pasa, hacer preguntas (“¿qué está haciendo ese animal?”) o relacionarlo con su entorno.
    Así el cerebro no se “apaga”, sino que aprende a pensar y a conversar.

  3. Evita pantallas antes de dormir. La luz azul altera la producción de melatonina, y puede provocar que el niño tarde más en dormirse o duerma peor.

  4. Nada de pantallas durante las comidas o como premio. Asociarlas a comer o portarse bien puede crear dependencia emocional o ansiedad. Mejor reservarlas para momentos específicos y sin ser “recompensa”.

  5. Prioriza contenido de calidad. No todo vale. Hay apps y vídeos creados especialmente para fomentar el aprendizaje o el movimiento.

Seamos sinceros: a veces las pantallas salvan el día

Vivimos con jornadas infinitas, falta de sueño y listas de tareas que nunca se acaban.
Y aunque intentemos seguir las recomendaciones al pie de la letra, a veces simplemente necesitamos que el niño esté entretenido un rato para poder cocinar, contestar un correo o darnos una ducha sin público.

Y no pasa nada.
Una cosa es usar las pantallas como recurso puntual, y otra muy distinta es depender de ellas para todo.
El truco está en no abusar, elegir bien y compensar con experiencias reales: parque, cuentos, juego libre, abrazos y presencia.

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